En una tarde de guardia en el hospital: recibimos un llamado de un servicio de internación y junto con ello una orden del tutor de la guardia: “tienen que ir a ver a una paciente que está descompensada”.
Hacia allí fuimos dos residentes de primer año, con aún poca experiencia clínica, pero si algo aventuradas.
Entramos al servicio y a medida que íbamos avanzando nos daban paso un séquito de enfermeros, cuyos rostros reflejaban asombro y a la vez frustración por sus reiterados intentos fallidos en lograr modificar la conducta de la paciente: “está subida ahí y no la podemos bajar, ya le dijimos muchas veces que se baje”. Miramos hacia arriba y allí estaba L, desnuda completamente, subida a una ventana y sujetada a las rejas.

Para los presentes allí la escena era bastante clara: una paciente descompensada, que se desnudó y está desvariando. No obstante, para nosotras no estaba tan clara la intención que tenía L. sólo nos limitamos a escuchar lo que estaba diciendo : “los locos del Borda y las locas del Moyano”, “la sociedad injusta”, “la liberación de los cuerpos”, frente a cada intento o dicho de alguien que pretendiera bajarla de ahí, su monólogo era interrumpido y ahí si se dirigía a la persona en particular que intentaba bajarla a la fuerza, diciéndole: “ves la injusticia, vos me querés ver muerta, vos no querés que yo hable, cante y baile”. En ese momento intervenimos diciéndole que a nosotras nos  gustaría conversar sobre todo eso que estaba diciendo ya que nos resultaba interesante. Ella decide bajar por sus medios y al hacerlo comienza a mover su cuerpo y tocarlo al ritmo de su decir que se repetía una y otra vez , en tono un tanto burlón dirigido hacia aquella persona que intentaba bajarla a la fuerza: “lecciones de anatomía, lecciones de anatomía”. 

Ahí caímos en la cuenta que éramos espectadoras de una pieza teatral donde L, era la protagonista y sólo unos pocos presentes allí podíamos apostar ver en esta escena una actriz.

Insistimos en nuestro interés en poder conversar y la invitamos a hacerlo en la intimidad de su cuarto, al resguardo de la mirada de aquellas personas que se habían convertido en sus perseguidores, ya que con sólo mirarla ella comenzaba a correr y gritar.

Una vez en la habitación comenzó a vestirse, mientras lo hacía le decimos que nos pareció muy interesante toda la escena que nos brindó, se sonrió y nos agradeció, ya que estaba muy cansada en ser sólo vista como una loca. También nos contó que en su juventud había tomado clases de teatro durante muchos años y que su madre era actriz. Mientras conversábamos nos ordenó: “agárrense de las manos y bailen”, “bailen alrededor de la cama”, “canten color esperanza y aplaudan”. Fuimos efectuando cada indicación de L que, en su rol de directora, nos iba señalando. Cuando terminamos de cantar, nos miró y nos dijo: “les agradezco mucho pero ya se pueden ir por qué estoy muy cansada y el show debe terminar”.

Podemos ser un espectador que sólo vea el desvarío, el déficit, lo que no entra en la norma o un cuerpo desnudo vociferador y por ende  pretender reducirlo, sometiéndolo a la norma institucional. Pero también podemos ocupar el lugar de  espectador amigable que cree que allí, en esa puesta en escena aparentemente sin sentido,  hay un sujeto que porta un  saber y un cuerpo que , si se le permite ficcionalizar, puede volverse propio y sujetarse sólo, a través de dicho trabajo.

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